Los activistas de la ecología sembraban inquietud hace poco más de dos décadas, advirtiendo que con la incorporación de genes de animales a las plantas -o de un vegetal a otro diferente- estábamos poniendo monstruos para comer en la mesa.

Eran los tiempos de la expansión de la soja transgénica, que cambiaba el panorama agropecuario del país. Una empresa de nombre santo y de fama pecadora estaba vinculada al engendro/prodigio: le habían puesto a la soja el gen de un yuyo resistente al herbicida. Tras la fumigada, todo moría en el campo menos la soja.

Orugas y otros bichos quedaron en el camino. La soja llenó el país y se convirtió en el gran objeto de deseo agrario exportador.

Nada pudieron hacer los ecologistas. Hoy el maíz tiene cinco "eventos" transgénicos para que el choclo que comemos se pueda cultivar casi en todas las temporadas resistiendo gusanos, fríos y calores.

Aparecieron otros productos: arroz con genes de zanahoria; tomate larga vida con cáscara más dura para que los hongos no lo penetren; plantitas de tabaco con genes de luciérnaga (plantitas flúo); y hay cultivos con genes de pez para resistir mejor el frío.

Dos décadas después, aunque Europa se opone a estos productos, en nuestro medio varios miedos se esfumaron. Otros quedaron como aletargados por la falta de algún informe científico esclarecedor. Al contrario.

Una gran inversión en biotecnología agraria sedujo a Cristina hace cuatro meses, con el anuncio de la producción en Córdoba de una semilla transgénica para el maíz. Alperovich -que además de gobernador es sojero- dijo que parte de esa inversión se hará en Tucumán. El anuncio no generó ni elogios ni críticas.

Los científicos ahora están entusiasmados con la biotecnología; los gobiernos esperan sacar réditos políticos de ella y los empresarios quieren ganar con la producción de esas mezclas genéticas que van volteando las trabas que les pone la naturaleza.

Casi nadie dijo nada. Los ecologistas se apagaron. Solo una carta de una lectora, el domingo de la semana pasada, se inquietaba: "¿preguntamos cuando compramos?", decía.

Es que ya pocos se fijan en qué tiene lo que consumen. Nos comimos a Frankenstein y no nos dimos cuenta, o no nos hicimos problema.